Carta al chavista pendejo

Diario El Nacional, Venezuela.OpiniónTulio Hernández06-12-2009
Querido chavista, lo primero que quiero decirte es que uso el adjetivo pendejo no como un descalificativo. Todo lo contrario. Lo uso en el mismo sentido que en los tiempos finales de los gobiernos adeco-copeyanos lo hicieron Pedro León Zapata, Arturo Úslar Pietri y centenares de gentes como ellos para designar a un tipo de venezolano que no se enriqueció fácil y repentinamente con los dólares de la renta petrolera, saqueando el erario público o haciendo negocios fáciles arreglados con el Estado por sus gobiernos de turno. Aquellos venezolanos de finales del siglo XX hicieron una jornada nacional de protesta, “La marcha de los pendejos” se llamó, para denunciar que habían sido estafados por unas élites políticas y económicas que casi acaban con el país. Lo que quiere decir que no eran pendejos totales sino mediopendejos porque, aunque tardíamente, descubrieron y denunciaron el tamaño de la estafa y a sus autores.
En cambio, y por eso te escribo chavista de a pie, tengo la sensación y te pido que no te molestes de que tú sí estas metido a pendejo total. Porque no sólo te estafan, sino que los tuyos lo hacen de manera más descarada, estrambótica y grosera y tú sigues aplaudiéndoles  Yo lo sé. Te creíste el cuento chino de que Chávez era casi un Jesucristo, y ahora, como a los niños con Santa Claus, te cuesta mucho dejar de creer.El asunto me duele, amigo mío, porque conozco mucha gente buena como tú que sigue igual de pobre o de clase media con privaciones como hace una década, mientras la élite poderosa se hincha de prebendas, se enriquece groseramente y no hace ningún esfuerzo por ocultarlo. Mientras tanto, tú y los como tú, los esperanzados, compraron la idea de que no hay corrupción, que los jerarcas chavistas no se han robado ni una carpetica o un clip, pero que la CIA, la oligarquía o los medios privados se empeñan en decir lo contrario.
Me duele también, y debo confesártelo, porque, como tú bien sabes, fui por mucho tiempo opositor de AD y Copei, porque creía que la democracia se nos estaba agotando y que para rescatarla había que dar un volantazo fuerte. Por eso me consterna ahora ver cómo amigos y personas que en otros tiempos pensaban lo mismo y tenían claras posiciones antipresidencialistas, antipartidocracia, cuestionaban el sectarismo, la exclusión por razones ideológicas y el enriquecimiento ilícito, hoy no sólo hacen silencio, sino que aplauden todo lo contrario de lo que defendían cuando eran de oposición.
No es justo. Por eso te invito, chavista todavía no manchado, a que te hagas preguntas sobre la doble moral de tus jefes. La que tiene en terapia intensiva al proyecto bolivariano. Doble moral es lo que estamos viendo con la crisis bancaria de estos días. Por qué no te preguntas, amigo, cómo y por qué un gobierno que se supone socialista tiene como aliados y protegidos no a un grupo de capitalistas (cosa que estaría muy bien, porque hasta ahora no se conoce una economía que genere más bienestar que la de mercado) sino a un grupo de pillos oficiantes del capitalismo salvaje que, precisamente, se enriquecen jugando a la peor manera del capitalismo, la estafa financiera.
La estafa financiera, me podrás replicar con toda razón, siempre ha existido y Venezuela la conoció en carne propia en los tiempos del segundo gobierno de Caldera, cuando poco más de una centena de banqueros se colocaron al margen de la ley. Yo te diría: “Sí, mi chavista bueno, tienes razón. Pero hay una diferencia decisiva, aquella crisis, aquel robo, la hicieron unos banqueros privados manejando mal el dinero de los ahorristas; en cambio, la de hoy ha sido hecha con dinero del Estado, con dinero que es tuyo y mío, utilizado en una centrífuga perversa para el enriquecimiento sin esfuerzo de una minoría asociada a jerarcas del proyecto bolivariano por todos conocidos y por nadie mencionados”.
Por eso te escribo. Para recordarte que Edgard Morin en Para salir del sigo XX definía el comunismo soviético como kilómetros de seres humanos en fila, a la orilla del mar, tomando buches de agua y repitiendo, como en una oración: “Esto no es agua salada, esto es limonada”, “Esto no es agua salada, esto es limonada”. Por horas. Días. Años. Décadas.
El perfecto universo de los pendejos.