domingo, 20 de febrero de 2011

Tiempo de palabra



CARLOS BLANCO 

"Hay descontentos que no están preparados    para desenterrarse del alma al caudillo"
Miedo a lo que vendría
 TIEMPO DE PALABRA El miedo es un ingrediente esencial de la política. Es un recurso poderoso que puede ser administrado en dosis homeopáticas o de elefantes, pero siempre está la jeringa lista con su potingue amargo. El Gobierno de Chávez lo ha empleado a discreción, pero su forma más efectiva no es la de la amenaza inmediata sino la incertidumbre que ofrece si a alguien piensa en reemplazarlo. El miedo a un porvenir incierto es una de las armas más poderosas, escasamente analizada, de las que dispone el régimen. 



PILARES QUE LO SOSTIENEN. La represión policial, militar y judicial. El fraude electoral, tema que casi nadie quiere discutir ni en el gobierno ni en la oposición. El ventajismo electoral, cualitativamente diferente al anterior. El control del sistema comunicacional del Estado. El dominio arbitrario sobre "el tiempo comunicacional", por medio de cadenas y otros artilugios. La hucha llena de dólares, cuyo nivel sube y baja, pero sin graves riesgos inmediatos. El amparo inescrupuloso y venal del régimen cubano, con sus tenebrosos militares y policías. La red internacional constituida por intelectuales, vividores, amanecidos y entusiastas del turismo de aventura. Pero hay algo más importante que todo lo anterior y es el apoyo popular que sin duda Chávez todavía tiene. 

A lo que convendría hincarle el diente con dedicación es a entender qué recorre a los que sienten que con este Gobierno la cuestión es diferente. Quien esto escribe argumentó hace unas semanas sobre la importancia que tiene el relato de Chávez sobre lo que es, lo que ha sido y lo que puede ser el país. Decía entonces que la retórica que construye el relato bolivariano pretende proporcionarle sentido a la vida de cada cual, aun -y especialmente- a los que viven en condiciones más miserables. Les dice: yo he estado de tú lado, aun antes de que tú y yo naciéramos; somos los olvidados de anteayer, de ayer, de los 40 años; eres como Bolívar, héroe y desterrado; eres como yo, rebelde y patria o muerte. La felicidad vendrá de mi mano, soy el instrumento de una voluntad superior que no manejo; es la voluntad tuya, hecho pueblo. Es Dios hecho pueblo. Soy yo, hecho pueblo. 

El que Chávez hable y hable en forma interminable puede obedecer a perversos mecanismos del espíritu, pero sea cual sea la razón, el discurso es el hilo de la araña que teje y teje el espacio en que se ubican los venezolanos de esta hora. No se trata de un discurso que se escucha (pocos lo hacen), sino que representa la lanzadera que va y viene, como ruido primordial, constante, para decir que Él está allí, tejiéndote tu cuna, tu traje de matrimonio o tu mortaja, según se requiera. 



LAS BONDADES DEL MIEDO. Hay otro recurso formidable que emplea el caudillo y que ha tomado cuerpo en el sistema que se ha constituido en Venezuela. Es otro miedo. No el miedo a la represión, que lo sienten muchos; sino el miedo al futuro, a lo que vendría si Chávez sale del poder. 

No se necesita estar contento con el Gobierno de Chávez para apoyarlo. Sólo basta tener miedo a lo que puede pasar si se cae, lo tumban, pierde las elecciones o se va por sus propios pasos. Los oídos del narrador que aquí teclea han escuchado no sólo a algún chavista desamparado sino a algunas personas muy principales decir que Chávez brinda seguridad. ¿Seguridad en medio de este desastre? ¿Seguridad si todo se desmorona? No parece que pueda sostenerse que el régimen proporcione algo parecido. Sin embargo... 

Nadie duda que Venezuela vive en estado de sobresalto, pero hay unos miedos que se manejan y que tienen alguna eficacia. La idea, por ejemplo, de perder derechos. No sólo los referidos a las dádivas y al reparto sino este derecho a la retrechería y la insolencia que recorre al país, que permite al que tenga buen ojo irse a ocupar la propiedad ajena y al ponderado opositor decir unas cuantas groserías en público y rascarse las entrepiernas, de acuerdo al estilo prevaleciente. 

Un miedo profundo provocado por la idea de que la salida de Chávez representaría una situación de inestabilidad total. Debe recordarse que hay mucha gente, y no sólo boliburgueses, haciendo plata pareja; lo pueden hacer y nadie le aconsejaría dejarlo de hacer, y tienen susto por lo que vendría luego. Varios de estos temen el jaleo que se armaría si el Comandante, promotor de la temeridad de la multitud, deja de funcionar al mismo tiempo como el que le pone límites a su desenfreno. Como inspirador del hundimiento de la Atlántida se presenta como el único capaz de frenar las demasías que se prometen si a alguien se le ocurriera que el país puede vivir sin él. No propone el dilema entre él y el diluvio, sino el del diluvio con él, capaz de controlar las compuertas y regular el desbordamiento, o el diluvio sin él, todos ahogados. 



OPCIONES. El desafío que tiene la disidencia democrática es de una enormidad casi imposible de describir. Las fuentes del poder de Chávez no dependen de las casas que construya o deje de construir. La realidad más dura es que hay descontentos que crecen (a veces decrecen) y que no están espiritual y políticamente preparados para desenterrarse del alma al caudillo, por el papel simbólico e imaginario que cumple, como poder dispensador. 

Cuando se observa a valiosos diputados opositores como audiencia prisionera, obligados a ser los escuchas en las falsas "interpelaciones", escudriñados por las cámaras de televisión del oficialismo, imposibilitados de rebatir, se tiene plena conciencia de lo que es un poder voraz capaz de engullir hasta la disidencia si ésta no tiene suficientes espinas para impedir la deglución. Ese espectáculo refuerza la idea de que los mejores opositores son los controlados 90 a 10, son los que escuchan, los que representan el diálogo que no existe. Se aclara que no se niega la importancia de que exista una fuerte fracción de diputados de la oposición sino que se advierte la prisión en la cual están y de la cual sólo salen cuando no están en la AN. ¡Vaya paradoja! 

¿Cómo hace la disidencia democrática para contar la otra historia? Es difícil porque buena parte de sus dirigentes ha llegado a compartir el relato de Chávez contra los 40 años, según el cual todo eran oligarquías, ricos, enemigos de los pobres, ladrones... Si eso es verdad, ¿cómo insertar un nuevo relato en un relato que ya tiene autor y dueño? 

Si por oportunismo se dice que se seguirán las políticas "sociales" para darle seguridad a los receptores del apoyo oficial, ¿para qué cambiar a Chávez? El pensamiento radical es la opción para encontrar salidas. Radicalismo que no sugiere aventuras sino la asunción de los desafíos intelectuales y políticos de este tiempo. 


 www.tiempodepalabra.com
EL UNIVERSAL 
domingo 20 de febrero de 2011

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