Tiempo de palabra


Carlos Blanco

"Chávez está engrinchado porque ha perdido apoyo y no sabe cómo recuperarlo"

La (In) Habilitante

TIEMPO DE PALABRA 

Chávez ha procedido a un golpe seco al anular la próxima Asamblea Nacional por la vía de confiscar el poder legislativo para sí. Ha inhabilitado a los nuevos diputados de uno y otro bando en cuanto a su función como legisladores. Los próximos pasos son atribuirle al Poder Comunal varias de esas tareas, de manera de hacer inútiles las reuniones frecuentes de la AN. Las dos hojas de la tijera son la habilitación presidencial y el poder comunal. Para evitar la protesta social y política expresada en los medios de comunicación, por "razones de interés público" podrá limitar los contenidos. Igual pretende ponerle la mano a la Internet por diversas vías como ya lo hacen en la medida en que pueden, Cuba, China y otros parecidos.







Los pasos del Gobierno han tenido, sin embargo, dos virtudes: desnudar su naturaleza totalitaria del orden imperante; y hacer reaccionar a los que le han extendido un crédito indefinido y que habían pensado en alguna forma de convivencia, aunque fuera parcial, con el autócrata.

Venezuela ha entrado en una fase diferente, que todo el mundo parece sentir, como si la hora de la revelación hubiese llegado. Lamentablemente para algunos dirigentes este reconocimiento es tardío porque de haberse dado cuenta a tiempo, como muchas voces lo reclamaban, quién sabe si hubiese sido posible formar un frente más compacto para desafiar y vencer a Chávez.  


Apretar ahora. Las razones por la cuales Chávez está engrinchado son claras: ha perdido apoyo social y no encuentra cómo recuperarlo; tiene un movimiento dividido que desde distintas posiciones está básicamente en desacuerdo con lo que hace porque los rojos advierten el desmoronamiento; parece haber sufrido un descalabro en el frente militar; y en el plano internacional hasta sus amigos manifiestan dudas sobre su racionalidad y pertinencia como líder.



El Presidente, sensible como pocos a los zapatos apretados, sabe que su control se desmorona. No lo tumban, no hay un golpe de Estado como el que él dirigió, sino que se cae como fruta fermentada. Cada vez que se encuentra a uno de los pobres que solía adorarlo sólo oye el ruido estridente del reclamo. Seres humanos que creyeron y volvieron a creer, pero que ahora, con el agua al cuello, lanzan su demanda en la cara del líder que como respuesta pide ¡paciencia! ¡Apoyo a la revolución! Como si el hambre, la intemperie, la ausencia de destino, pudieran ser compensados con una nueva promesa.



A esos venezolanos las promesas se les han renovado una y otra vez en más de una década; los más jóvenes no han visto otra cosa que Chávez dentro de la bóveda infernal en que mantiene al país y están cansados. Cuando se les ve en plan de exigencia al otrora amado líder ya no tienen la risa candorosa de quien dice, está bien, vamos a esperar más, sino que ostentan el tono y el rictus de quien pasa la factura. Por esa razón se han acabado las visitas televisadas a los desterrados de la mano de Dios. Lo más significativo es el tipo de respuestas que el caudillo proporciona, como si estuviera en la campaña electoral de 1998: construiremos, haremos, planificaremos, decidiremos, y mientras tanto las soluciones son tan terribles como su ausencia. Por ejemplo, la ocupación de los hoteles no significa que los damnificados van a vivir por alguna vez en su vida la comodidad de un alojamiento de tres estrellas, sino que por obra del hacinamiento, la piratería oficial, la falta de recursos que los dueños de las instalaciones no pueden proveer por sí mismos, se deteriora el espacio que ocupan y el hotel se vuelve rancho. Por si fuera poco, los tienen confinados sin mucha comunicación exterior no sea que por allí estén periodistas que den cuenta de la realidad en la que están atrapados los damnificados.



Ahora los damnificados lo son por partida doble: lo son por la acción violenta de la naturaleza y lo son por el Gobierno, por su imprevisión, su incapacidad y su demagogia. Cómo será la cosa que le han exigido a Chávez personalmente y a los funcionarios que los dejen volver a sus lugares destartalados y peligrosos, que son preferidos al compararlos con el "cuidado" a que los somete el Gobierno. Cómo será la cosa que los damnificados saben o intuyen que la provisionalidad refugios puede durar años.



La protesta social. En Venezuela se huele a tormenta. Al parecer no hay estructuras demasiado organizadas, pero en todas partes las redes del descontento se tejen sin cesar. No hay ambiente en el que no se diga: esto no puede seguir así. Tal ambiente incluye a los chavistas de diversa laya, civiles y militares. La única respuesta real que tiene Chávez es la peinilla, el gas, los despidos y los tribunales. No quiso tener y no tiene salidas políticas democráticas, aunque fueran aparentes; no dialoga porque no quiere, pero si quisiera ya no puede; no lo dejan, porque desde la izquierda con mal de rabia lo acusan de blandengue y se ve compelido a mostrar una condición que los revolucionarios le cuestionan, a menos que estén cobrando.


El que levante la alfombra del miedo creada por la represión simbólica y real se dará cuenta que por debajo lo que hay es rebelión. Nadie puede planificar un levantamiento social único, estructurado y comandado por una dirección que no existe; pero lo que sin duda ocurre es que el contagio entre los descontentos está en marcha. Y aflorará de manera más sonora, puede que más pronto que tarde.



Anular a los diputados, a las universidades, a los medios de comunicación, a las demandas reivindicativas de los trabajadores, es demasiado. Imponerle a una sociedad plural una representación forzada a través del poder comunal manejado desde Miraflores, es demasiado. Convertir la ilusión del reemplazo de Chávez el 2012 en una ilusión de la ilusión, en un espejismo porque el jefe y sus militares más allegados dicen que no lo permitirán, es demasiado. El régimen se convirtió, en abrumador, agobiante. Fue el abrazo que un monstruo le dispensó a la sociedad y que la mantiene entre la asfixia y el colapso.



Es cierto que no es una dictadura tradicional, a lo Pérez Jiménez, Somoza o Trujillo, sino estas dictaduras fascistas que dejan cáscaras institucionales para cubrirse de argumentos, pero que proceden a controlar el poder a través de mecanismos electorales hasta que ya no les sirven o por medio de la anulación de sus resultados, como acaba de ocurrir con los diputados electos. Hitler y Mussolini por algún tiempo hicieron elecciones como mecanismo de legitimación y como alimento de ilusiones.



La autocracia militarista actúa contra civiles y militares, cercena las libertades y sumerge al país en un magma podrido. Reconocer su carácter dictatorial es el paso indispensable para organizar la lucha. El encuentro de los descontentos está en marcha.

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twitter @carlosblancog
El Universal. Domingo. 19 de diciembre de 2010.



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