Tiempo de palabra

"Él no ha podido evadirse del espectáculo bíblico de los cerros que se vienen abajo"
Nuestro insólito perverso

TIEMPO DE PALABRA 
La reacción del Gobierno frente a la tragedia que asuela a Venezuela revela su estructura nerviosa e intelectual. Su primera réplica ha sido enteramente bolivariana, de acuerdo con la oración atribuida al Libertador llena de egolatría, altanería y desatino: "Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca", pues ni la naturaleza se opone a nada ni se lucha contra ella ni obedece órdenes de nadie ni siquiera de tenientes coroneles en trance de ignorancia. Recuérdese con dolor que esta majadería petulante fue repetida por Chávez cuando el deslave de Vargas en 1999 y las desobedientes torrenteras se llevaron a miles.


Ocurre con frecuencia que los infatuados suelen creer que las calamidades no los pueden rozar. Pero, los alcanza.



Diluvio y Perplejidad. Después de mostrarse ingobernable, la naturaleza ha seguido en su oficio. A los próceres no les ha quedado otro remedio que ocuparse y en el transcurso de las horas, se han radiografiado como son. Lo primero que se les ocurrió fue esconder varios días al Jefe, sobre la base de una idea idiota de los comunicólogos oficiales, según la cual no hay que asociarlo a las malas noticias sino a las buenas: no a las lluvias desastrosas sino a las "soluciones" de la catástrofe. Por eso anda disfrazado de comandante cubano, con la bolsa de San Nicolás regalando casas ilusorias que van a venir a través del procedimiento que ha perfeccionado, el de la Gracia Infusa que permitirá a cada cual irse con su música a otra parte, sin casa pero contento.


Esa estrategia es reveladora de la naturaleza íntima de este régimen. Todo es una excusa para un propósito superior. Una promesa que habrá de materializarse algún día, pero que, mientras tanto, se alimenta de sí misma. Chávez ofrece Miraflores como refugio. Desde luego que nadie cree que unos pedazos de oficinas le van a resolver el drama de su existencia a nadie, pero es una representación del deseo gubernamental de que los pobres piensen que una solución es posible. Lo más terrible es que alojar a unos damnificados en la oficina del Presidente muestra que la crisis le corroe al gobierno sus intimidades. Entre la demanda de vivienda y Chávez ya no hay sino una pared de cartón. Después lo que queda es que le ocupen el despacho a Chávez y los pobres se instalen en su oficina, aplicándole la regla del desalojo forzoso. Lo que se constata es que Chávez y sus huéspedes son damnificados, unos de unas cosas y el otro, de otra.


Entre los damnificados y Chávez ya no hay mucho espacio para las promesas. Ya le agarraron la caída. Se sabe que el tipo habla sin creerse a sí mismo, lo cual permite que ofrezca lo que no puede cumplir y se olvide inmediatamente de sus ofertas. Si en una de esas suelta un manojo de billetes, pues a atraparlos se ha dicho, pero sin compromiso.


Mientras tanto, la mente presidencial -es un decir- se encuentra compungida con la suspensión de su viaje a la Cumbre. Venezuela le queda chiquita; es el paisito productor de dólares que no alcanza a entender lo que su Redentor le anticipa. El hombre lamenta no haber nacido en Birán, en el mismo caserío en el que nació Fidel, lamenta no haber sido pandillero juvenil en La Habana, solloza por no haber tomado un cuartel, y gime por no haberse ido a la montaña. Ni siquiera merece las muertes que provocó en 1992 y a lo largo de los años. Pero, ¿ocuparse de los venezolanos? Ni pensarlo. Los odia, como Hitler llegó a odiar a los alemanes porque no los consideró a la altura de su crimen. Chávez trata a los venezolanos como desvalidos, incapaces de tomar decisiones apropiadas sin su guía, y por eso los desprecia porque no entienden -como los cubanos sí- que la miseria es una forma superior de existencia, la aproximación al espíritu en estado puro dada la desnutrición, la avitaminosis y la disolución química del futuro.



Pero quería huir. Mientras el país se disuelve como un terrón de azúcar estuvo a punto de ir a la Cumbre, pero los de la Gallera Situacional lo convencieron de la locura que habrîa sido. Esto es una muestra de que el zapato aprieta. No ir a un ágape de esos que odia pero no esquiva, dice mucho de lo que anda por dentro. Detuvo su viaje porque el suelo se le estremece, de lo contrario allá estaría.


El hombre no ha podido evadirse del espectáculo bíblico de los cerros que se vienen abajo y de los seres humanos que claman en el desierto. Siempre busca una oportunidad para reafirmar lo que se le va ya entre los dedos: una jefatura, una presencia, lo que pudo haber sido un sueño, la ilusión de muchos. Necesita que lo aclamen; es una necesidad perentoria cuando las manos de los de abajo ya no aplauden sino que se contraen en un puño crispado que busca destino. No, no hay aplausos; no hay nada. Como será la cosa que ante la tragedia el dirigente del PSUV, Darío Vivas, no ha tenido ocurrencia más reveladora que pedir un acuerdo de solidaridad ¿con los damnificados? No ¿Con los empobrecidos? No ¡Ha pedido solidaridad con Hugo Chávez! Petición reveladora porque en el fondo, tal vez el alma más despoblada sea la de Chávez. Empeñado en salvar el mundo del imperialismo no ha podido salvar a los inundados de Guatire, Antímano, Coro o del 23 de Enero, éstos a un kilómetro de su bunker.



Piratería en acción. Lo que queda después que se retiran las aguas es una avasallante piratería. Los bucaneros no han construido nada ni han permitido que la empresa privada lo haga; al contrario, acaban de darle un mazazo fulminante. Ante la desolación no se les ocurre otra cosa que hacerse los locos y los vivos. Visitan aquí y allá a los damnificados sólo como pretexto para que las cámaras de televisión capten a los personajes "en acción". Absolutamente ridículos y en este caso en compañía de autoridades opositoras que consideran que hacer lo propio muestra su preocupación. Un jefe debe estar en un puesto de comando dando soluciones a los problemas, coordinando estrategias y proveyendo recursos, no en una pantalla haciendo como que hace. Si los jefes se hubieran ocupado de construir casas, puentes, carreteras, escuelas, medicaturas, no se estarían cayendo y podrían responder a la emergencia.


Por cierto, si alguna misión tiene la Fuerza Armada es la de proporcionar apoyo en situaciones como ésta. Es una institución desvalida, no sólo para la guerra sino para la paz. Sus jefes, convertidos en especialistas de la lisonja, y mientras el país se licúa se concentran en adorar al niño escarlata.


Viene la Navidad. Hoy como en 1999 está atravesada de miedo y tristeza. Miedo por lo que ha ocurrido, que ha convertido a medio país en una ciénaga; tristeza, porque los líderes no existen.




Carlos Blanco.
www.tiempodepalabra.com
twitter @carlosblancog
El Universal, domingo 5 de diciembre de 2010.

Comentarios